¡FELIZ DÍA DEL LIBRO!

El libro, ese objeto…

Los hay más flacos o más gordos, incluso han podido sufrir algún que otro recorte de bisturí en épocas en que eran incómodos. Los tenemos con la piel de cubierta rígida y seca por los años, con peligro de resquebrajarse como las arrugas de las frentes de nuestros abuelos. Pero casi da más miedo rozarlos cuando en su interior, sus hojas son finas, y crees que no van a ser capaces de aguantar el peso de una y, pero te sorprendes porque no solo lo hacen, sino que además enlazan un millar de frases y el aire empieza a fluir.

Resplandecen y resplandeces con la luz natural, que igual que les deja ver, les amarillea las comisuras y la tinta negra se torna marrón, pero la esencia sigue, la fuerza de un sonido, como las campanas que tañen de alegría y de tristeza, o un color, el rojo de un sol que se nos escapa un día más.

Y corren el riesgo de humedecerse, de que le salgan grandes y pequeñas manchas marrones, como pecas, y que unos bichitos se los vayan comiendo.

Se parecen tanto a nosotros y nos son tan necesarios…

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